Cimientos de un nuevo orden en el mundo

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Como en los viejos tiempos, el desamparo domina a la especie humana. El temor goza de las más amplias facilidades para desplazarse. El pavor sobre el que leíamos en tantos libros, repasando diversas etapas de la historia, se palpa hoy entre nosotros. Es el fin de una ilusión, relatado por especialistas.

Entre los expertos de la salud, infectólogos y epidemiólogos brindan opiniones contradictorias y perdemos de vista los contornos de la ciencia. Desde la epidemiología (ciencia biopolítica por naturaleza, central al gobierno de las poblaciones), se muestran inquietantes proyecciones de la “pandemia”.

También ofrecen una posibilidad de interpretación diferente, enfocada en el campo de acción: la perspectiva político-pública comparada, las decisiones asumidas por los diferentes estados y organizaciones internacionales.

Epidemias y guerras han sido singulares oportunidades para refundaciones trascendentes, nacionales o internacionales. Y nacieron políticas de largo plazo y grandes momentos de transformación social, institucional o económica.

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Medidas de excepción

Hasta aquí, hubo un abordaje dispar del problema por parte de los líderes, y un denominador común: en tiempos como estos, la ciudadanía demanda medidas de excepción y gobiernos a la altura de su ejercicio. La propensión a aferrarse a promesas que alivien la angustia es una muestra de la conciencia humana de fragilidad, ante la posibilidad de contraer la enfermedad.

Nada nuevo bajo el sol. Michel Foucault lo explica en Vigilar y castigar, y discurre sobre el reglamento que dispone una ciudad francesa a fines del siglo XVIII para enfrentar un brote de peste.

Consiste, básicamente, en el cierre de la ciudad y su división en sectores infranqueables; personas encerradas en su barrio, en su calle, sin posibilidad de salida, controlados.

La ciudad de la peste está atravesada por la vigilancia y el registro. El orden público, como ultima ratio de Estado, domina mediante la biopolítica.

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El filósofo francés ejemplifica cómo un período de crisis sirve para poner en práctica e instalar definitivamente nuevas formas de imperium. Un poder disciplinario que utiliza instrumentos, técnicas, procedimientos y tecnología para asegurar “sus” decisiones.

Explica el autor de El nacimiento de la clínica: “La peste, como forma a la vez real e imaginaria del desorden, tiene por correlato médico y político la disciplina”.

Ello equivale a afirmar hoy que, mientras nos pasamos el día viendo televisión basura, reenviando memes o constituyendo el enésimo grupo dentro de WhatsApp, la dinámica social generaba el caldo de cultivo para que la pandemia se constituyera en el síntoma más grave del desastre globalizador; para el cual aparentemente necesitaríamos un nuevo y vigoroso “orden” como respuesta.

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Los dos últimos hitos de la historia mundial reciente, con epicentro en los Estados Unidos, dejaron secuelas suficientes para señalar el tránsito hacia una nueva etapa histórica.

El atentado a las Torres Gemelas (2001) instauró un nuevo estado de alarma: cualquier ciudadano puede ser un potencial terrorista y destruir el orden occidental.

La mayor crisis financiera de todos los tiempos (2008) desnudó las falencias del Estado para contener innumerables dinámicas económicas, sociales, institucionales y políticas.

El Estado y las personas

Con la crisis del coronavirus, asistimos quizá a la semblanza de un nuevo patrón de relaciones entre el Estado y las personas, como de convivencia social, en la cual las tecnologías adquieren una utilización cotidiana y generalizada para compartir, educarnos, trabajar, asistirnos.

¿Qué tipo de comunidades, así entendidas, se desarrollarán desde la virtualidad?

Como advierten filósofos y sociólogos, al salir de esta crisis será irrefutable la exigencia estatal de mayor información sobre cada individuo. Ya ocurre de hecho, por diversas vías públicas o privadas; pero, a diferencia de lo que acontece desde 2001, el argumento no es anticipar movimientos “inseguros” o detectar opciones para desarrollar perfiles, sino prevenir para proteger la salud humana individual y colectiva.

La pandemia mostró la nula coordinación entre jurisdicciones nacionales o subnacionales, la ligereza de una estructura insulsa como la Organización Mundial de la Salud, la pasividad de burocracias como la ONU o la OEA y el fracaso de organizaciones supragubernamentales como la Unión Europea, por estos días renovando una patética pelea entre países y regiones de sur a norte. Renace la soberanía del Estado individual, con políticas exteriores hostiles y soluciones endogámicas.

Las cartas están echadas. El mundo activó el freno de mano; las cancillerías aseguran que no se moverá sino hasta el 1º de junio. Será un tiempo de vigilancia, no sólo para acotar la propagación del virus sino para ensayar nuevas alternativas de práctica gubernamental, de ejercicio del poder, de técnicas de convivencia: las que necesita la etapa que, al fin, acaba de nacer.

Renace la soberanía del Estado individual, con políticas exteriores hostiles y soluciones endogámicas.

al salir de esta crisis será irrefutable la exigencia estatal de mayor información sobre cada individuo.

*Docentes de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC)

SÍNTESIS POLÍTICA

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Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 7/04/2020 en nuestra edición impresa.

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