El coronavirus reavivó un debate necesario: ¿cuál es el rol del Estado?

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Que intervenga. Que no intervenga. Que libere, y no se meta. Que me traiga de vuelta, que se retire. El rol que ejerce el Estado, así con mayúscula, ha devuelto un debate tan añejo como necesario.

Es que la pandemia por el COVID-19 devela las diferencias entre los distintos modelos disponibles. Y las consecuencias que esos modelos implican para la sociedad en su conjunto.

Estados Unidos acumula más de 1000 muertos por la enfermedad y más de 46 mil contagiados sólo en Nueva York, como centro de la pandemia con 210 fallecidos y 30.000 casos confirmados. El gobernador local usó una metáfora del siglo pasado haciendo referencia a que la región puede ser una especie de “canario en la mina”, en relación al desastre que puede desatarse en el corto plazo en el país.

El Estado, al que hemos hecho referencia, puede tomar el valor de la vida de cada habitante de su suelo como fundamental o no. “Perdemos miles y miles de personas todos los años por la gripe, pero no apagamos el país por eso. En promedio mueren 37.000 personas al año. ¿Pueden creerlo?”, dijo por estos días el presidente de EEUU, Donald Trump.

No se trata de soslayar, claro, el impacto económico que produce el cese de actividades en los Estados del globo. Se trata de afinar el enfoque de prioridades en ese contexto. “Entre la salud y la economía, elegí la salud”, dijo el presidente Alberto Fernández, luego de la reunión con los 24 intendentes del conurbano bonaerense. Varias de las medidas que anunció el Estado por estos días apuntan a atender las necesidades de quienes más apaleados resultarán por el parate.

El “resfriadito” del que habla otro líder de la región, mientras tanto, sigue avanzando. En tierra de Jair Bolsonaro se reportaron 12 muertos en las últimas 24 horas, 48 fallecidos en total y 2.201 infectados. Las cifras implican un aumento del 35% de las víctimas fatales en un solo día. La respuesta del brasilero ha sido declarar: “No tenemos cómo evitar los efectos del coronavirus. No tenemos una vacuna, y por lo tanto no tenemos un tratamiento. No podemos llevar pánico a la sociedad, el pánico también es una dolencia más grave que las propias causas del coronavirus”.

La respuesta no se hace esperar y, viene acumulando, sin pausa, días de cacerolazos en las principales ciudades del país. Brasilia, Río de Janeiro, Porto Alegre, Recife, Belo Horizonte, Salvador y San Pablo se hicieron eco metálico ante la indolencia del mayor responsable del Estado.

En medio de esta situación inédita, desde muchos puntos de vista, analistas a nivel internacional acuerdan en un punto. El señor, ese señor, el Estado… puede –y debe- marcar la diferencia. Ante ese panorama la brecha se abre en múltiples alternativas pero, con dos opciones claras: presencia o ausencia.

El Estado argentino ha vuelto a poner como principal eje de acción al ser humano, a nosotros, los ciudadanos y ciudadanas de carne y hueso, a quienes esta pandemia también pone un desafío: el de la solidaridad, de cuidarnos y cuidar al otro, respetando las indicaciones que las autoridades han establecido para protegernos.

Este señor, sobre el cual se han escrito innumerables teorías, invierte, no gasta cuando el contenido va asociado a salud, ciencia y educación pública. Luego de esta catástrofe mundial se debe comprender que es una inversión. Las vacunas anti gripales gratuitas implementadas desde el año 2011, los hospitales, las universidades donde se forman nuestros profesionales, los IES para los docentes, las trabajadoras y trabajadores que limpian esos lugares, todo ello es una inversión, no un gasto.

Cuidar a quienes nos cuidan, brindándoles condiciones dignas de trabajo va de la mano con un Estado que comprende, que nadie puede cuidar bien de otro cuando este señor que debe estar presente no se ocupa de mis preocupaciones más elementales.

Si algo puede resultar positivo de toda esta crisis es revalorizar hoy a quienes nos prestan los servicios esenciales del Estado. El rol de quienes están en la trinchera por el otro –en más de una ocasión vapuleados- médicos, enfermeros, trabajadores sociales, policías, prestadores de servicios en general que dependen de una sola decisión: la de poner lo mejor del país -y del Estado- a favor de todos para ser mejores.

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