“Ultra Tumba”, la novela de Leo Oyola que convierte un motín carcelario en una invasión zombi

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Domingo a la tarde en la Unidad Penitenciaria Número 73, la cárcel de mujeres conocida como “La Chanchería”. Se festeja el día del niño; hay baile —hay hasta un Sapo Pepe— y las internas disfrutan de la fiesta con sus familias. Mientras tanto, escondidas de la multitud, dos chicas viven los últimos momentos de su romance. Una, la Turca Medina, es guardiacárceles; la otra, que, por ser uruguaya le dicen “La Oreiro”, está presa. Es un amor que quiebra las reglas y las pone a ambas en peligro.

Es una tarde alegre hasta que, en un momento, cuando los músicos terminan de tocar una canción de Marco Antonio Solís, un grupo de reclusas prende fuego a un celador y con armas “tumberas” provoca un motín que desata la escalada de violencia. Dos jefas se disputan el control de la cárcel y el levantamiento está orquestado por una de ellas, la Peke, para asesinar a la otra, la Ñeri Graciela. Pero, entonces, inesperadamente, aparece una tercera a reclamar su liderazgo: es la Hermana Irma María Da Graça, una brasileña ciega y en silla de ruedas que controla el pabellón de las evangelistas.

Tres mujeres en disputa, un amor imposible que se quebró, un motín que provocó la muerte de un oficial y el tiempo detenido en un compás de ansiedad extrema.

Así comienza Ultra Tumba (Penguin), la esperadísima novela de Leonardo Oyola, el autor de Santería y Kryptonita —con la que agotó once ediciones y fue llevada al cine y la televisión—, entre otros títulos. No es la primera vez que Oyola aborda el tema de los motines en las cárceles: ya lo hizo en Chamamé y en el cuento “Matador”, que ficcionalizaba el caso de “Los 12 apóstoles” de Sierra Chica, incluido en la antología In fraganti. Pero en Ultra Tumba la situación es muy diferente. En el pico de la tensión, la historia tiene un plot twist que recuerda a la película “Del crepúsculo al amanecer”, y una invasión zombi que se mueve bajo las órdenes de la evangelista brasileña comienza la masacre.

Oyola habló con Grandes Libros de Ultra Tumba, novela que, además, tiene la particularidad de haber salido por ahora sólo en formato e-book.

Tus protagonistas siempre son personajes que se mueven en la marginalidad. ¿Por qué?

—Primero me aparecen las historias y después los personajes. Estoy más concentrado en qué es lo que quiero contar. Me parece que la predilección por ese tipo de historias y de personajes se da de manera natural, inconsciente. No es algo que esté buscando. Y, como me considero más novelista que escritor de relatos, al saber que voy a pasar un tiempo largo con esa historia y esos personajes, trato de quedarme con la gente con la que me siento cómodo.

Otra característica de tus libros es la propuesta de atravesar distintos géneros: el western, el cómic, el terror. ¿De qué forma ajustás las historias a estos géneros? ¿Qué viene primero?

—La columna vertebral de lo que escribo es el policial y después se va a ajustando otro género con el que esté coqueteando. Me gusta la palabra “híbrido” para definir la narrativa policial. Estructuralmente, no es solo el tema de tres actos, si no el suspenso de cómo avanza la historia, qué le vas agregando.

¿Con qué género te gustaría seguir?

—Tengo dos ideas para el próximo texto de largo aliento. Una novela que me encantaría dedicarle a mi hermano es sobre un encuentro ficcionado de dos bandidos rurales emblemáticos, Bailoretto y Mate Cocido. Quisiera que sea un “locro western”. Me encantó Pampa del infierno, de Miguel Ángel Molfino. Quisiera hacer el mismo procedimiento, pero, así como él lo hizo con un personaje ficticio, yo quieo hacerlo con dos personajes reales. Y lo otro que me interesa es una space opera, un “Star Wars” pero más clase B. Algo como un western en el espacio, que quiero hacer con Laiseca.

Lo extrañás mucho a Laiseca, ¿no?

—Extraño mucho a Laiseca y, a la vez, pienso en lo difícil que hubiera sido para él todo esto del coronavirus. Me da mucha pena cómo le tocó irse. Quiero escribir esa novela con él en el espacio; no me interesa hacer un “Conversaciones con Alberto Laiseca”. Lai se merecía otro final, sobre todo ese último año. Creo que desde la ficción le podemos dar algo que a él le hubiera parecido una muerte no solo más épica, sino mucho más digna.

Volviendo a Ultra Tumba, los títulos de cada capítulo son, si no me equivoco, los versos de la canción “It’s a hard life”, de Queen. Siempre me llama la atención cómo ponés tantos materiales entramados en las novelas. ¿De qué forma pensaste a Queen en medio de presas y zombis?

—Efectivamente, los títulos de los capítulos forman “Una vida difícil”. Arranca bien operística y dramática, con esa voz única que tenía Freddy Mercury proclamando que no quiere la libertad: de qué le sirve si tiene el corazón roto. Y me parecía que en la boca de una persona privada de su libertad era muy fuerte. Yo saco esto de estructurar novelas con una canción a partir de Acaso no matan a los caballos, de Horace McCoy. El índice de ese libro es el veredicto que da el juez sobre lo que se lee en la historia. Siempre me gustó. En Chamamé, en Krytponita, en Sopapo lo usé, y ahora en Ultra Tumba. Como si fuera un personaje más que cuenta lo que pasó. En Ultra Tumba, yo siento que la canción de Queen la canta la uruguaya, la Oreiro.

¿Cambió tu manera de escribir desde que hicieron la película de Kryptonita? En esta novela sentí que había más locaciones, como si fuera más construida desde una narrativa visual. Si bien es algo que se puede decir de todos tus libros, aquí lo sentí más definido.

—Puede ser. Arranqué a escribir Ultra Tumba en el 2012 y la interrumpí a finales de 2014, cuando empezamos con la preproducción de la película de Kryptonita, y todo se terminó extendiendo un año más durante el 2016 con lo que fue la serie. La experiencia de la película y la serie me hizo pensar de otra manera. Traté de incorporar cómo piensan el Departamento de Arte, el de Vestuario, el de Fotografía a la hora de narrar. Me era muy importante escuchar a la gente que trabajaba detrás de cámara. Ni hablar de los procesos creativos de los actores y la hermandad que surgió con el director, Nicanor Loretti. La Unidad Penitenciaria Número 73 no existe: es un gólem de todas las unidades que visité desde 2012. Pero para cada cosa que iba ocurriendo en Ultra Tumba pensaba qué Unidad Penitenciaria real era la mejor para eso. Hay algo cinematográfico ahí, sí.

¿Cómo se trabaja con la jerga tumbera?

—Es una novela que transcurre de rejas para adentro, entonces se va colando un montón la jerga tumbera. Pero también, como todo lo que trabajo en general, soy de anotar expresiones que escucho en la calle o en el transporte público. Tienen su música, su lirismo y, sobre todo, a la hora de ponérsela en la boca a un personaje, no solo lo identifica si no que le da vida. Muchas de las cosas que aparecen en la novela tienen que ver con estos intercambios, con haberlas escuchado en los talleres de rejas para adentro y observar no solo la cadencia con que las pronunciaban, si no con el lenguaje corporal.

Hace algunos años, cuando hicimos una nota por otro libro, me contaste que estabas escribiendo una historia de presos que se volvían zombis por el paco. Traigo el recuerdo porque, primero, da la idea de cuánto tiempo te lleva escribir, pero luego porque finalmente dejaste eso de lado y lo trabajaste desde lo sobrenatural. La novela puede leerse en términos políticos, pero ¿cómo tomaste la decisión de trabajar la realidad carcelaria sin hacer hincapié desde la denuncia social?

—Yo soy un escritor de ficción. Me interesa lo social y muchas veces es el disparador de una historia de ficción. La idea inicial era aquella, pero se necesita un tiempo de maceración en lo que uno quiere hacer. Finalmente el flagelo del paco fue perdiendo terreno porque quería que tuviera ayor visibilidad lo denigrante y la violación de derechos humanos en una unidad penitenciaria. En paralelo, me di cuenta de que lo que quería hacer, tenía más que ver más con el zombi original, con ese costado religioso que venía de las islas caribeñas. Leí un ensayo de Jesús Palacios, La plaga de los zombis y otros relatos de muertos vivientes, y encontré una relación con lo evangélico, con los pabellones evangelistas en unidades penitenciarias, pero también con el avance silencioso de la religión en los medios de comunicación y en nuestras vidas. El evangelismo tiene una incidencia política muy importante en la Argentina, aunque no se la reconozca.

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